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Bahamontes, el mejor escalador del Tour que no amaba el ciclismo

Las dos veces que me he encontrado con Federico Martín Bahamontes quedarán siempre intactas en mi recuerdo. Esta entrevista que reproduzco a continuación y publicada en la revista americana Peloton en 2014, se encuentra dentro de las mejores experiencias profesionales que he vivido en el ciclismo. Bahamontes es uno de los últimos testimonios del ciclismo de los años 50, época de posguerra y de hambruna. Sus anécdotas dejan boquiabierto a la vez que su hospitalidad, trato amable y campechano hechizan. Larga vida a ‘Fede’.

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“Cuando pasas fatigas es la necesidad la que te obliga. Ahora están acabando con el espectáculo entre todos”

Por Laura Meseguer

“Si estuviese en el pelotón, ninguno de los grandes escaladores de hoy en día llegaría arriba conmigo”. Es Federico Martín Bahamontes (Toledo, España, 1928) Tan famoso como temido por sus ataques al inicio de un puerto, fue seis veces campeón de la montaña en el Tour de Francia (1954, 1958, 1959, 1962, 1963 y 1964) y el primer ciclista español en conquistar el maillot amarillo en París en 1959. Cuenta Bahamontes que desde que se retiró en 1965, no ha vuelto a tocar la bicicleta. “¿Cómo se mantiene en tan buena forma física?” Muestra las curtidas palmas de sus manos y afirma: “¡Trabajando, como he hecho siempre! Nunca tuve afición por el ciclismo, pero cuando pasas fatigas, es la necesidad la que te obliga”.

Crítico con el ciclismo actual, “están acabando con el espectáculo entre todos”, reconoce que tiró la bicicleta bien lejos cuando comenzó a llegar el dopaje al ciclismo y se retiró, aunque trata de eludir la referencia directa y amplia sobre el escándalo del dopaje actual.

A sus 88 años conserva un estado de forma y una memoria envidiables. Es alto, fibroso, camina erguido y deprisa. Habla sin cesar, con gestos vivos, ilustrando con toda serie de detalles lo que expone y mantiene el mismo nerviosismo que le animaba a escaparse cada día del pelotón para continuar la aventura en solitario.

Federico Martín Bahamontes nació unos años antes del estallido de la guerra civil española. La posguerra dejó a España dividida y sumida en la pobreza. Sus años de juventud los pasó en un país en reconstrucción, en el que se racionaban los alimentos, con malas infraestructuras, carreteras impracticables y donde el ferrocarril ni siquiera era una opción. “A las seis de la mañana entraba a trabajar en el mercado descargando bultos. Cobraba 15 céntimos de peseta de las de entonces, ahora no llega al céntimo de euro. Después cogía mi bicicleta de 12 kilos y me iba al mercado negro. Iba cargado con 30 y 40 kilos de alimentos que después revendía. Y eso lo hacía a las cuatro de la tarde. Por eso las etapas de calor se me daban tan bien, los machacaba a todos”.

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Federico Martín Bahamontes en su oficina en Toledo. Noviembre 2016 (foto de archivo personal Laura Meseguer)

Ahí, afirma, se forjó el “Fede” que más adelante conquistaría la montaña del Tour de Francia y llegaría a ser conocido como el Águila de Toledo. “Parte de mi trabajo también era arrastrar una carretilla, que llegaba a pesar cien kilos para repartir verduras, por las empinadas cuestas de Toledo. Entonces no teníamos de nada. El que vive en la calle no se resfría, no necesita ir al médico, va descalzo y no le pasa nada. Cuando el cuerpo se acostumbra a sufrir, aguantas el sufrimiento mejor. De rico a pobre pasas muy mal, pero de pobre a rico pasa cualquiera”.

Su primera carrera llegó por casualidad. De regreso del estraperlo (la compraventa en el mercado negro), tras sesenta kilómetros cargado con la mercancía se encontró con unos amigos. “’¿Dónde váis?”, les pregunté. ‘A correr’. ‘Pues yo también me quiero apuntar’. Faltaban dos horas para que comenzase la carrera. Me prestaron un pantalón y una camiseta de baloncesto y cogí un plátano y un limón que me comí con cáscara por el hambre que tenía. Nada más bajar la bandera me escapé y gané la carrera con más de doce minutos sobre el segundo”.

Tras esta experiencia, y siempre en busca “de algo que echarme a la boca para comer”, se embarcó junto a dos amigos en un viaje de dos días en bicicleta para participar en la Vuelta Ciclista a Asturias de profesionales. Allí tuvieron que unirse a otros tres corredores para formar un equipo. “Quedaron eliminados en la primera etapa mientras que yo gané con una diferencia de seis minutos sobre los demás. Se me acercó el entonces seleccionador nacional, Julián Berrendero y me dijo ‘Tú, al Tour’. ‘¿Yo? Pero si no tengo maleta, ni ropa, ni dinero, ni sé francés’”.

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Bromeando durante nuestra primera entrevista en primavera de 2014 (foto archivo personal LMM)

De aquel primer Tour recuerda el largo viaje en tren, en un vagón de tercera categoría, “donde nos metían a portugueses y españoles. Llegábamos a París con las marcas de los asientos marcados porque eran de madera y en alguna parada aprovechábamos para afeitarnos con vino blanco”. Era el año 1954 y logró en su primera participación volver a casa con el maillot de campeón de la montaña. “Los primeros años me daban ‘pájaras’ (desfallecimientos) tremendas por olvidarme de comer. Tampoco teníamos de nada así que nos volvíamos locos por encontrar un bar en el que entrar a robar. Recuerdo como en Italia directamente cerraban los bares. ‘¿Y quién me va a pagar?’, preguntaban. ‘Torriani’, respondíamos, porque era el director de la carrera. Después, Vincenzo Torriani, nos ponía multas a los equipos para poder recuperar el gasto que le suponía nuestros robos. Una vez hasta dejaron a un grupo encerrado dentro del bar hasta que les pagasen. ¡Tuvieron que repescarles en la carrera, claro!”.

Bahamontes salta de una anécdota a otra, minutos más tarde vuelve a retomar el hilo. Aguanta pocos minutos sentado en la silla de su despacho, antes de volverse a levantar para ilustrar con las imágenes, perfectamente conservadas en álbumes de fotos, la anécdota que está contando.

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‘Fede’ trasteando con sus archivos y fotografías. (foto archivo personal LMM)

“Fue el Tour de la famosa escena del helado. Me escapé con Leguilly, Lazaride y un belga. El coche del belga se acercó para decirle que no tirase, porque eso me favorecía, y al pasar a mi lado saltó una piedra y me rompió dos radios de la rueda trasera. Era un puerto corto, pero muy duro. Me fui solo y al coronar, como Berrendero no aparecía para arreglarme la avería, me paré. Como pasaban los minutos y ahí no aparecía nadie fui a un puesto de helados y me serví dos bolas de helado de vainilla. Catorce minutos después apareció el pelotón”.

Su empuje y ambición comenzaron a forjar la leyenda y en Francia empezaron a conocerle como “el Picador”, por su manera de levantarse en la bicicleta antes de asestar el golpe definitivo, como hace un picador ante el toro en una corrida taurina. “En Italia, los compañeros de pelotón me decían ‘vai via cretino, che ci fai morire’ porque sabían que atacaba de salida y dejaba al grupo hecho pedazos”.

“Era un ciclismo muy distinto al de ahora. Nos echábamos agua en las zapatillas por el calor, arreglábamos el sillín a martillazos, llegábamos a meternos 6 ó 7 en una bañera después de una etapa, los avituallamientos se ponían en un tablero como si fuese una boda, con bolsas con uvas pasas, higos, pollo frío -como te tocase un ala te morías de hambre- y pasteles de arroz”.

“El ciclismo ha cambiado para bien de los ciclistas, pero para mal para el espectáculo. ¿Te puedes creer que Contador dejase ganar a Andy Schleck en el Tourmalet en 2010? ¿Dónde está la garra? El deporte es competir. Y ese día le dije a Contador: ‘Te ha faltado darle un beso en la meta’. El ciclismo está más calculado, pero yo diría que está más amañado”.

Bahamontes puede resultar radical en sus planteamientos o parecer un romántico que anhela el ciclismo de entonces. Ni pinganillos, ni asistencia en carrera: “Se ha perdido el espectáculo del ciclista intentando arreglar él solo una avería. Ahora tienen sed, levantan la mano y tienen agua. Nosotros cogíamos el agua de donde bebían las mulas. Yo todo esto se lo he dicho a Contador”, continua el toledano. “Y cuidado con que haya quien dé positivo en los controles antidoping. ‘Volveréis a correr con zapatillas’ le digo”, refiriéndose a un regreso a los tiempos pasados, a los años más pobres del ciclismo.

No le gusta hablar sobre Lance Armstrong ni otros casos de dopaje: “Porque nos meten a todos en el mismo saco, y por ahí no paso. Mientras otros de mi generación ciclista llevan 30 y 40 años enterrados, aquí me ves, con 88 años. Y creo que no estoy mal, ¿no? En mi época no existía el dopaje. Cuando me iba a retirar fue cuando empezó a existir. Entonces cogí la bicicleta y la tiré bien lejos”.

Confiesa que para él la cafeína de un par de cafés o de un carajillo (café con brandy español) eran suficientes para darle fuerzas, como el día de la cronoescalada de Puy de Dôme, su puerto francés favorito. El 11 de julio de 1959 España entera esperaba la contrarreloj de 12,5 kilómetros tras la que presumiblemente se enfundaría el jersey amarillo de líder de la carrera. El sueño amarillo vino impulsado por Fausto Coppi. “Fuel él quien me convenció de que tenía cualidades para ganar el Tour si no me centraba sólo en la clasificación de la montaña. Fue durante una cacería de liebres con galgos a la que le invité junto a Poblet, Geminiani y Van Looy. Me fichó para su equipo Tricofilina Coppi y cambié de mentalidad. Llegué al Tour del 59 en forma. Iba fuerte en el llano y en la montaña subía hasta sin manos. Esa conversación con Coppi fue clave en mi carrera”.

Se proclamó ganador del Tour de Francia el 18 de julio de 1959, veinte años después del Alzamiento Nacional que llevó al aplastamiento de la república democrática por el general Francisco Franco. España entera esperaba su regreso. Desde Madrid se le rindieron honores en su recorrido hacia Toledo, unos 90 kilómetros, que tardó en completar cinco horas y a cuya estela seguía una caravana de tres kilómetros de automóviles.

Tras su victoria en el Tour de Francia, logró dos podios más en 1963 y 1964, además de conseguir el maillot de la montaña durante tres ediciones. “Todas las carreras en las que he competido y completado he ganado la clasificación de la montaña. Y eso nadie lo ha conseguido. Tengo el récord de haber coronado en solitario el Tourmalet cuatro veces y otras tantas el Aubisque”.

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Con ‘Fede’ el pasado mes de noviembre en su oficina en Toledo

Desde que Federico Bahamontes se retiró en 1965 no ha vuelto a coger la bicicleta: “Me lo ordenó mi padrino. ‘Es hora de retirarse, Fede’. ‘¿Ahora que cobro el doble?’, le pregunté. ‘Precisamente, ahora que estás en todo lo alto es momento de dejarlo y montar una tienda de motocicletas y bicicletas’. Y así lo hice”.

Federico Bahamontes, “Fede”, es uno de los personajes más queridos y respetados de la historia del deporte de España. Personaje espontáneo y apasionado, se convirtió en el símbolo deportivo de toda una época. “Junto con el torero Manuel Benítez ‘El Cordobés’ y el Real Madrid. Pero ojo que yo soy del Fútbol Club Barcelona”, concluye con desparpajo.

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Ese laberinto llamado Tour de Francia

Segundo día de descanso en el Tour de Francia y se siente como si fuesen seis las semanas que cargamos en las espaldas. Siendo prácticamente el mismo trabajo, los mismos traslados y el mismo trajín que en las otras grandes vueltas, el Tour de Francia es tres veces más agotador que ninguna de ellas aunque tremendamente gratificante. El punto común para corredores y periodistas es el estrés -“la superviviencia”, como dice mi compañero Christian Chambres- derivado de la responsabilidad. El Tour es el tercer evento deportivo más grande del mundo tras los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol y ello nos exige a todos ser excelentes en nuestro trabajo, para estar al nivel de la carrera y de los millones de espectadores que nos ven cada día. Las audiencias internacionales de estos días en Eurosport hablan de cifras récord.

IMG_20150712_220837El Tour te atrapa. Aquellas vallas interminables que cada día vamos encontrando en el camino con un gerndarme que cruza los brazos y dice “fermé” (y es un “no” rotundo, aquí no se negocia), dan la sensación de acorralarte durante las tres semanas que dura la carrera, física y  mentalmente. Es difícil pensar en otra cosa que no sea el Tour. Igualmente complicado es intentar sacar la vista fuera de aquel laberinto y ver el escenario real sobre el que estás. Hace unos días me encontré en la zona mixta haciendo las entrevistas después de la etapa sobre un paso de peatones y bajo un semáforo. Otro día en la zona técnica había una parada de autobús. Kioscos, buzones de correo…Todo ello queda atrapado bajo la inmensidad del escenario del Tour y entre camiones, pasillos de vallas y fondos amarillos, desaparece. Miro con envidia a los vecinos asomados a sus ventanas observando todo el escenario en su conjunto. La misma sensación, pero a la inversa, tengo cada vez que cruzo la Plaza de Cibeles en Madrid. “Es curioso que en este trozo de asfalto han levantado los brazos Peter Sagan, Michael Matthews, John Degenkolb, Tyler Farrar…”. Y qué distinto parecía entonces.

Esas mismas vallas del Tour nos hacen entrar en bucle escuchando el mismo mensaje repetido cien veces. Lo gratificante de trabajar en un medio estrictamente deportivo es que se habla de la competición atajando los “dimes y diretes”. Así cuando te acercas a algún autobús para “hablar de la etapa de hoy”, recibes alguna cara de sorpresa. Parece que estos últimos días se ha hablado poco de ciclismo en el Tour.  En nada llegan los Alpes reclamando su protagonismo.

El Tour de Francia es un laberinto exigente pero delicioso. De nuestra habilidad (la de todos) e interés dependerá que el camino hasta París se convierta en una oportunidad y una nueva lección de vida. Eso sí, en mi caso recordaré más las experiencias, que los escenarios. ¡Que alguien me acerque una escalera para asomarme!

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¡Seguimos!

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Vietato introdurre biciclette. Relato de Julio Cortázar

Los-escritores-y-las-bicicletas--de-Julio-Cortazar-a-Tolstoi“Historias de Cronopios y famas”. 1962

En los bancos y casa de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, entre dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristal de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de esta tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: (y perros), lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de abogados de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder, pero no es humillante, primero porque sólo constituye una posibilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorables que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, ¡Cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

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Hemingway: El velódromo de Hiver

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París era una fiesta. 1964. Extracto.

El ciclismo resultó una cosa nueva y muy divertida, y como no sabía nada de aquello la novedad me fascinaba. Pero no tomamos en seguida la afición. Llegó más tarde, y al fin ocupó un puesto importante en nuestra vida, algún tiempo después, cuando todo lo del primer período en París se nos vino al suelo.

Pero, por un tiempo, nos bastó con quedarnos en nuestro barrio y no tener que atravesar París para ir a los hipódromos, y apostar sólo por nuestra vida y nuestro trabajo y por los pintores amigos, y no basar la vida en un juego de azar disfrazado con otros nombres. He empezado muchas veces a escribir un cuento sobre carreras de bicicletas, pero nunca me ha salido ninguno que fuera tan bueno como son las carreras, las de velódromo cubierto o al aire libre tanto como las de carretera. Pero algún día lograré meter en unas páginas el Vélodrome d’Hiver con su luz que atravesaba capas y capas de humo, con la pista de madera y sus empinados virajes, y el zumbido de los tubulares sobre la madera cuando pasaban los ciclistas, y el esfuerzo y las tácticas y los corredores desviándose arriba o abajo en la pista, convertidos en una parte de sus máquinas. Lograré meter la impresión fantástica del medio fondo, el ruido de las motos de los entrenadores con sus rodillos, y los entrenadores con sus pesados cascos y sus teatrales trajes de cuero, que se inclinaban hacia atrás para proteger a los ciclistas de la resistencia del aire, y los ciclistas con sus cascos ligeros que se pegaban a los manillares, sus piernas que hacían girar a gran velocidad los pedales, y las pequeñas ruedas delanteras se pegaban al rodillo de la moto tras la cual se abrigaba el ciclista, y los duelos en que se alcanzaba el colmo de la excitación, con el petardeo de las motos y con los ciclistas corriendo codo a codo y rueda a rueda, arriba por el peralte y lanzándose abajo y dando vueltas a una velocidad como para matarse, y de pronto un hombre que no podía sostener la velocidad y se descomponía, y se le veía chocar brutalmente contra la sólida muralla de aire de la que hasta entonces había estado separado.
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Había tantas clases de carreras. Los sprints por eliminatorias hasta llegar a la carrera final, en los que los dos corredores retenían durante largos segundos su velocidad, cada cual esperando que el otro guiara el sprint y así obtener un abrigo inicial, y luego las vueltas a medio paso hasta la zambullida final en la fascinadora pureza de la velocidad. Había los programas de carreras a la americana, con sus series de sprints que llenaban la tarde. Había las hazañas de velocidad absoluta, cuando un hombre corría solitario durante una hora contra el reloj, y había las terriblemente peligrosas y hermosas carreras de cien kilómetros en los grandes peraltes de madera de la pista de quinientos metros del Stade Buffalo, el velódromo al aire libre en Montrouge donde se hacían las carreras tras moto. Estaba Linart, el gran campeón belga a quien llamaban el Sioux por su perfil.que agachaba la cabeza para sorber aguardiente caliente por un tubo de caucho unido a un termo que llevaba debajo del jersey, y así cobraba fuerzas para el terrible arranque de velocidad de sus fines de carrera. Había los campeonatos de Francia tras moto, en la pista de cemento de seiscientos sesenta metros del Parc des Princes, en Auteuil, cerca del hipódromo, que era la pista más peligrosa de todas, y allí vimos un día caer al gran corredor Ganay, y oímos cómo se le aplastaba el cráneo dentro del casco, tal como uno aplasta un huevo duro contra una piedra, en una merienda en el campo, para quitar la cáscara. Tengo que escribir sobre el extraño mundo de las carreras de seis días y las maravillas de las carreras por carretera en la alta montaña. El francés es la única lengua en que se ha escrito bien sobre esto y los términos son todos franceses, y por eso es difícil escribir en otra lengua.

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Pedro Horrillo y 2666

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Recuerdo aquel 27 de abril, cuando hicimos un pequeño corro con Pedro Horrillo y el ex ciclista reconvertido en periodista, el holandés Thijs Zonneveld. Acababa de terminar la gala de clausura de la cuarta edición de la Mallorca 312, marcha cicloturista en la que estoy a cargo de la comunicación y el protocolo. A esa gala, a la que siempre llego atacada después de una semana intensísima de trabajo, le sigue la sensación de bienestar – ¡y que dure!- por que todo haya salido según lo esperado. Por eso bajar los tres escalones del escenario y encontrarme con Pedro y Thijs en el primer momento de relax en siete días, no podía ser más oportuno.

 Esas charlas tranquilas y amigables con alguien con quien tienes buena sintonía, son la ventana perfecta para desconectar del trabajo y volver a ser persona, más allá de periodista. Un café improvisado tras la salida de etapa, una charla en el hall del hotel…Los escenarios, eso sí, suelen estar bastante limitados. Aquella con Pedro y Thijs fue una de esas conversaciones que se agradecen y no se olvidan. Comencé preguntando a Thijs, alma mater del proyecto casi de ciencia ficción, sobre el punto en el que se encontraba la creación de una montaña en Holanda. Las conversaciones se hilaban unas con otras con naturalidad. Entonces Pedro echó mano a su móvil para mostrarnos las fotografías de la peregrinación que había llevado a cabo en otoño de 2012. “He cerrado el círculo”, nos explicaba, aunque aún quedaba mucho por entender. El 16 de mayo de 2009, camino de la meta de la octava etapa en el Giro de Italia, perdió el control de su bicicleta y cayó por el barranco en Culmine di San Pietro. Volvió a nacer. De aquella peregrinación, “una catarsis propia” en palabras de Pedro, hablo en un artículo bajo el nombre “Pedro Horrillo, el peregrino” en el número 61 de la revista Pedalier.

Sin embargo aquella peregrinación en la que se enfrentaría a sus miedos y se reencontraría a sí mismo, fue el final de un viaje que comenzó mucho antes. No fue un camino fácil y fue curioso descubrir, meses más tarde, tirando del hilo, que la llave para poder emprender aquel viaje se encontraba en la relectura de la novela póstuma 2666 del escritor chileno Roberto Bolaño. Un libro que había dejado a medias, en la página 656, en el asiento del autobús del equipo Rabobank antes de partir al control de firmas de la octava etapa en 2009 y al que estaba totalmente enganchado.

“La aclamada novela “2666” del escritor chileno, prematuramente fallecido, Roberto Bolaño fue el primer objeto personal que Pedro Horrillo pidió al despertar del coma en el Ospedali Riuniti di Bergamo. A pesar de la urgencia inicial, el libro permaneció en su mesilla de noche, incapaz de enfrentarse a él. Él mismo se daría cuenta en aquella camilla de hospital, que sería la llave que abriría la puerta a miedos y fantasmas pero a la vez el arma para cerrar heridas y proseguir con el viaje. Aún era pronto para ello”.

“[…] En la cama del hospital intentó continuar su lectura a partir de la página 656. “Leía un párrafo y la cabeza me volvía atrás irremediablemente, a la angustia y el dolor”. Un sufrimiento fruto de sus vivencias morfínicas en la UVI del hospital italiano, “tan reales como cualquier otro recuerdo de mi pasado”. No fue hasta que llegó a Pamplona, un par de meses más tarde cuando empezó a darse cuenta que todo aquello vivido durante semanas en el hospital, con personajes reales y que tanta angustia le provocó el sentirse en medio de un complot por la negación de todos, había estado inducido por la morfina y nunca había ocurrido realmente”.

Estos párrafos pertenecen al artículo “2666. El viaje de Pedro Horrillo”, que saldrá publicado en el noveno número de la revista holandesa Soigneur. Gracias a este encargo pude sumergirme en aquel “Universo Bolaño”, que denominó Pedro Horrillo. Hace un año yo misma apuraba las últimas páginas de 2666 entre San Pedro de Atacama y Santiago de Chile. En febrero de este mismo año, Pedro y yo mantuvimos una charla de más de tres horas en las que me invitó a revivir aquel viaje. Una historia apasionante, profunda e íntima. Y como ocurrió con el suyo, mi libro también continúa en mi mesilla de noche, “como un amuleto, un objeto fetiche”.

 

 

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La oportunidad del Tour de Francia

¡Qué oportunidad la de descubrir cada año algo nuevo en este trabajo! Así llegó en julio mi primer Tour de Francia con Eurosport Internacional. Si bien ya había cubierto la carrera francesa en 2012, tan sólo un cambio en la acreditación que llevas colgada al cuello, permite ver la carrera desde muy diversos ángulos a la vez que te pierdes otros tantos. Un ejemplo: el apenas cruzarme con los compañeros de prensa escrita y de la radio en toda la carrera. Tal es la inmensidad del Tour que cada uno tiene su propio camino y lugar. Ya lo advertí por el último mail que recibí de Eurosport antes de llegar a París para comenzar la travesía hacia Leeds en el que se incluía en copia a más de veinte personas que trabajaríamos codo con codo en la carrera. Terminamos siendo treinta. Y es que el Tour es el Tour. El tercer evento más grande del mundo después de los Juegos Olímpicos y los Mundiales de Fútbol. Era bastante frecuente perderse entre los camiones de la zona técnica sobre un suelo cableado y en el que en cada carpa se hablaba un idioma diferente. ¡Bonjour! ¡Hi! ¡Ciao! ¡Hej der! ¡Hola! ¡Hallo!

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El grupo de reporteros de la mañana lo formábamos Vincent Renault, periodista de larga experiencia cubriendo el ciclismo para Eurosport, y yo, acompañados por los cámaras Darryl Kibblewhite y Sam Guillemot, además de Josselin Riou. Josselin era el “runner” o “stagiere” como le llamábamos con cariño. Con 17 años, este ciclista y futuro periodista, ha tenido la oportunidad de vivir el Tour de Francia desde dentro, tener contacto directo con los ciclistas y jefes de prensa de los equipos y aprender -espero!- de los que formábamos parte de Eurosport. Cada mañana nos reuníamos en el village del Tour donde tienen presencia a través de sus carpas los patrocinadores de la carrera y donde puedes desayunar gracias a la selección de embutidos, dulces y frutas que ofrecen unos puestos como si de un mercado se tratase. Así, la preparación del día y la espera de la llegada de los autobuses de equipo se hace más llevadera. Allí, además de leer la prensa decidíamos las entrevistas que irían para la introducción del programa LeMond on Tour y las que irían en el directo durante la etapa. Las entrevistas, como pasa en todas las carreras, llegaban a última hora tras minutos y minutos de espera, y todas a la vez. Y es que al final las carreras se tratan de eso: horas de coche, horas de espera para minutos intensos de entrevistas.

Sale la etapa y de vuelta al coche no sin antes sacar la fotografía diaria “Playing with Greg Lemond” parodiando su imagen en los coches de Eurosport y que recogería el periódico Le Figaro en su web: Funny LeMond on Tour photos. Cada tarde el propio Lemond nos recibía en la carpa de Eurosport con su enorme sonrisa: “La foto de hoy  me ha gustado, aunque si fuese yo quien tuviese que hacerlas me pasaría mucho más”, confesaba tras haber visto la foto de mano de Kathy, su mujer. El matrimonio perfecto, les decíamos. En la mirada de ambos, un amor que parece haber surgido ayer, al igual que las risas que siempre les acompañan. Merecen un capítulo a parte al igual que todo lo vivido con ellos estos 25 días. Sin duda lo que más me ha llamado la atención es la admiración que despierta Greg Lemond en todo el mundo, sobre todo en los propios ciclistas. Cada corredor que vino a participar al programa tras la etapa, compartió fascinado la foto del momento en las redes sociales. Sin olvidar a Vincenzo Nibali, vestido de amarillo, recién proclamado ganador del Tour, y como el niño buscando la aprobación de los padres, preguntando entre bambalinas tras su entrevista en los Campos Elíseos, si a Greg le había gustado cómo lo había hecho en el Tour. Formidable.

Las tardes se pasaban en la carpa de la zona técnica por donde de vez en cuando se dejaba ver Sean Kelly en busca de café para su compañero comentarista Carlton Kirby. Durante los últimos kilómetros pasábamos a la zona mixta “Live TV” para las entrevistas tras la etapa y donde compartíamos espacio con la televisión danesa, noruega, inglesa y norteamericana. Dos preguntas cada uno y a rezar por que los corredores quisieran explayarse. Posteriormente los ciclistas serían entrevistados por el resto de televisiones sin señal en directo, radios y diversos medios impresos…un vallado interminable que a los corredores se les antoja eterno pero que responden de buen gusto, forma parte de la mayor carrera del mundo. Las noches, aquellas en las que no me quedaba en el hotel sin cenar fruto del agotamiento, se acompañaban de buen vino francés, foie y confit de pato y relajados reíamos recordando las anécdotas del día.

Casi quince días de lluvia, cuatro de barro, uno de frío y un par de mucho calor, han dado pie a todo tipo de anécdotas, muchas veces surrealistas en un escenario que es un show animado por el mejor público, un “circo” ambulante que se suele decir, y en el que realmente puede pasar de todo. Un lugar como ninguno para aprender y crecer profesionalmente, y si se tiene la misma suerte que nosotros, disfrutar con los compañeros de la aventura. ¡Nos vemos en La Vuelta a España!

 

 

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Celebrando ‘a mi manera’

[Artículo publicado el 5 de julio de 2012 en Festina. This is our sport. Enlace original: http://blog.festina.com/2012/07/celebrando-a-mi-manera%C2%B4/]

El libro de ruta mostraba en la página de la quinta etapa al recientemente retirado Robbie Mcewen alzando los brazos en la meta de Saint Quentin durante la cuarta etapa del Tour de Francia 2006. Dos días más tarde haría triplete en Vitré y entraría en meta emulando a Jim Carrey en “Dos tontos muy tontos” cuando, agitando sus brazos, fingía estar corriendo dentro del coche; “parece como si fuese a una velocidad increíble, Harry”, decía el personaje. Era una apuesta que había hecho con Levi Leipheimer en marzo de aquel mismo año, durante la Tirreno Adriático. “Levi me pidió que celebrase de alguna manera, pero especial, como en la película. Estará contento. Ahora me debe una”. Seis años más tarde, el segundo “running man” entraba en la meta de Boulogne-sur-Mer. Esta vez fruto de una promesa con sus compañeros de equipo, Peter Sagan celebraba su victoria recordando a Forrest Gump.

Los originales modos de vivir la victoria tienen amantes y detractores. La celebración en meta con arrogancia y mala educación se paga. Aunque no existe un libro de estilo sobre cómo celebrar una victoria ciclista, sí existe una norma protocolaria básica, que se vea el nombre del patrocinador.  Hay quien además decide tener un guiño con la marca que les apoya, señalando su maillot o incluso besándolo. “Yo quiero ganar una etapa en línea para hacer el gesto de atender el teléfono”, decía en tono distendido Xavi Tondo tras su victoria en la contrarreloj en San Luis. “¡Que eso ya lo ha hecho Cavendish!”, contestaba uno de sus compañeros de la escuadra teléfonica. Mark Cavendish ha sido uno de los habituales en dar color a sus celebraciones aburrido del clásico alzamiento de los brazos, a pesar de que en los últimos años se muestre más comedido. Desde el corte de mangas en el Tour de Romandía, a romper en llanto en el Tour de Francia hasta hacer el caballito en La Vuelta a España. Impulsivo como es, sus celebraciones son un estallido de emociones.

La originalidad y el talento tienen un riesgo. Puede ocurrir como con El Pistolero, Alberto Contador, cuyo famoso y repetido gesto de disparar al aire puede ser el más ansiado del año por los seguidores tras los meses de letargo pero puede por terminar de cansar al madrileño ante su más que previsible lluvia de victorias que está por llegar. También puede ocurrir que a riesgo de querer ser original en cada victoria el público demande más y se acaben las ideas. Ya se espera una tercera victoria de Peter Sagan en el Tour y otro nuevo festejo que supere al anterior.

Escudados bajo el mérito otorgado por entrar el primero en meta, emulan a Frank Sinatra en su “I did what I had to do…I did it my way” y su imagen pasa a ocupar un lugar preferente en el álbum de la historia del ciclismo. En la retina permanecerá la entrada en meta de Carlos Sastre en el Tour de Francia en 2003 con chupete en boca en dedicatoria a su hija; la de Juan Antonio Flecha en la misma edición del Tour haciendo honor a su nombre, preparando el arco con los brazos para lanzar la flecha; la dedicatoria en el Giro de Lombardía de 2006 de Paolo Bettini alzando los brazos y la cabeza al cielo dedicándole en un mar de lágrimas la victoria a su hermano recientemente fallecido o el disparo en la meta de los Mundiales de Stuttgart dedicado a los que lanzaron una campaña de desprestigio contra él…

Hoy en Saint Quentin ha ganado André Greipel por segundo día consecutivo, imponiéndose sobre Goss y Haedo. Y discreto  como son sus celebraciones, con los brazos en cruz, y un toque de humildad respondía con paciencia a la siempre presente pregunta sobre Mark Cavendish que hoy quedaba quinto, “no sé por qué siempre me preguntáis por Cavendish si ya he demostrado que puedo batirle”.

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