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Bahamontes, el mejor escalador del Tour que no amaba el ciclismo

Las dos veces que me he encontrado con Federico Martín Bahamontes quedarán siempre intactas en mi recuerdo. Esta entrevista que reproduzco a continuación y publicada en la revista americana Peloton en 2014, se encuentra dentro de las mejores experiencias profesionales que he vivido en el ciclismo. Bahamontes es uno de los últimos testimonios del ciclismo de los años 50, época de posguerra y de hambruna. Sus anécdotas dejan boquiabierto a la vez que su hospitalidad, trato amable y campechano hechizan. Larga vida a ‘Fede’.

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“Cuando pasas fatigas es la necesidad la que te obliga. Ahora están acabando con el espectáculo entre todos”

Por Laura Meseguer

“Si estuviese en el pelotón, ninguno de los grandes escaladores de hoy en día llegaría arriba conmigo”. Es Federico Martín Bahamontes (Toledo, España, 1928) Tan famoso como temido por sus ataques al inicio de un puerto, fue seis veces campeón de la montaña en el Tour de Francia (1954, 1958, 1959, 1962, 1963 y 1964) y el primer ciclista español en conquistar el maillot amarillo en París en 1959. Cuenta Bahamontes que desde que se retiró en 1965, no ha vuelto a tocar la bicicleta. “¿Cómo se mantiene en tan buena forma física?” Muestra las curtidas palmas de sus manos y afirma: “¡Trabajando, como he hecho siempre! Nunca tuve afición por el ciclismo, pero cuando pasas fatigas, es la necesidad la que te obliga”.

Crítico con el ciclismo actual, “están acabando con el espectáculo entre todos”, reconoce que tiró la bicicleta bien lejos cuando comenzó a llegar el dopaje al ciclismo y se retiró, aunque trata de eludir la referencia directa y amplia sobre el escándalo del dopaje actual.

A sus 88 años conserva un estado de forma y una memoria envidiables. Es alto, fibroso, camina erguido y deprisa. Habla sin cesar, con gestos vivos, ilustrando con toda serie de detalles lo que expone y mantiene el mismo nerviosismo que le animaba a escaparse cada día del pelotón para continuar la aventura en solitario.

Federico Martín Bahamontes nació unos años antes del estallido de la guerra civil española. La posguerra dejó a España dividida y sumida en la pobreza. Sus años de juventud los pasó en un país en reconstrucción, en el que se racionaban los alimentos, con malas infraestructuras, carreteras impracticables y donde el ferrocarril ni siquiera era una opción. “A las seis de la mañana entraba a trabajar en el mercado descargando bultos. Cobraba 15 céntimos de peseta de las de entonces, ahora no llega al céntimo de euro. Después cogía mi bicicleta de 12 kilos y me iba al mercado negro. Iba cargado con 30 y 40 kilos de alimentos que después revendía. Y eso lo hacía a las cuatro de la tarde. Por eso las etapas de calor se me daban tan bien, los machacaba a todos”.

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Federico Martín Bahamontes en su oficina en Toledo. Noviembre 2016 (foto de archivo personal Laura Meseguer)

Ahí, afirma, se forjó el “Fede” que más adelante conquistaría la montaña del Tour de Francia y llegaría a ser conocido como el Águila de Toledo. “Parte de mi trabajo también era arrastrar una carretilla, que llegaba a pesar cien kilos para repartir verduras, por las empinadas cuestas de Toledo. Entonces no teníamos de nada. El que vive en la calle no se resfría, no necesita ir al médico, va descalzo y no le pasa nada. Cuando el cuerpo se acostumbra a sufrir, aguantas el sufrimiento mejor. De rico a pobre pasas muy mal, pero de pobre a rico pasa cualquiera”.

Su primera carrera llegó por casualidad. De regreso del estraperlo (la compraventa en el mercado negro), tras sesenta kilómetros cargado con la mercancía se encontró con unos amigos. “’¿Dónde váis?”, les pregunté. ‘A correr’. ‘Pues yo también me quiero apuntar’. Faltaban dos horas para que comenzase la carrera. Me prestaron un pantalón y una camiseta de baloncesto y cogí un plátano y un limón que me comí con cáscara por el hambre que tenía. Nada más bajar la bandera me escapé y gané la carrera con más de doce minutos sobre el segundo”.

Tras esta experiencia, y siempre en busca “de algo que echarme a la boca para comer”, se embarcó junto a dos amigos en un viaje de dos días en bicicleta para participar en la Vuelta Ciclista a Asturias de profesionales. Allí tuvieron que unirse a otros tres corredores para formar un equipo. “Quedaron eliminados en la primera etapa mientras que yo gané con una diferencia de seis minutos sobre los demás. Se me acercó el entonces seleccionador nacional, Julián Berrendero y me dijo ‘Tú, al Tour’. ‘¿Yo? Pero si no tengo maleta, ni ropa, ni dinero, ni sé francés’”.

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Bromeando durante nuestra primera entrevista en primavera de 2014 (foto archivo personal LMM)

De aquel primer Tour recuerda el largo viaje en tren, en un vagón de tercera categoría, “donde nos metían a portugueses y españoles. Llegábamos a París con las marcas de los asientos marcados porque eran de madera y en alguna parada aprovechábamos para afeitarnos con vino blanco”. Era el año 1954 y logró en su primera participación volver a casa con el maillot de campeón de la montaña. “Los primeros años me daban ‘pájaras’ (desfallecimientos) tremendas por olvidarme de comer. Tampoco teníamos de nada así que nos volvíamos locos por encontrar un bar en el que entrar a robar. Recuerdo como en Italia directamente cerraban los bares. ‘¿Y quién me va a pagar?’, preguntaban. ‘Torriani’, respondíamos, porque era el director de la carrera. Después, Vincenzo Torriani, nos ponía multas a los equipos para poder recuperar el gasto que le suponía nuestros robos. Una vez hasta dejaron a un grupo encerrado dentro del bar hasta que les pagasen. ¡Tuvieron que repescarles en la carrera, claro!”.

Bahamontes salta de una anécdota a otra, minutos más tarde vuelve a retomar el hilo. Aguanta pocos minutos sentado en la silla de su despacho, antes de volverse a levantar para ilustrar con las imágenes, perfectamente conservadas en álbumes de fotos, la anécdota que está contando.

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‘Fede’ trasteando con sus archivos y fotografías. (foto archivo personal LMM)

“Fue el Tour de la famosa escena del helado. Me escapé con Leguilly, Lazaride y un belga. El coche del belga se acercó para decirle que no tirase, porque eso me favorecía, y al pasar a mi lado saltó una piedra y me rompió dos radios de la rueda trasera. Era un puerto corto, pero muy duro. Me fui solo y al coronar, como Berrendero no aparecía para arreglarme la avería, me paré. Como pasaban los minutos y ahí no aparecía nadie fui a un puesto de helados y me serví dos bolas de helado de vainilla. Catorce minutos después apareció el pelotón”.

Su empuje y ambición comenzaron a forjar la leyenda y en Francia empezaron a conocerle como “el Picador”, por su manera de levantarse en la bicicleta antes de asestar el golpe definitivo, como hace un picador ante el toro en una corrida taurina. “En Italia, los compañeros de pelotón me decían ‘vai via cretino, che ci fai morire’ porque sabían que atacaba de salida y dejaba al grupo hecho pedazos”.

“Era un ciclismo muy distinto al de ahora. Nos echábamos agua en las zapatillas por el calor, arreglábamos el sillín a martillazos, llegábamos a meternos 6 ó 7 en una bañera después de una etapa, los avituallamientos se ponían en un tablero como si fuese una boda, con bolsas con uvas pasas, higos, pollo frío -como te tocase un ala te morías de hambre- y pasteles de arroz”.

“El ciclismo ha cambiado para bien de los ciclistas, pero para mal para el espectáculo. ¿Te puedes creer que Contador dejase ganar a Andy Schleck en el Tourmalet en 2010? ¿Dónde está la garra? El deporte es competir. Y ese día le dije a Contador: ‘Te ha faltado darle un beso en la meta’. El ciclismo está más calculado, pero yo diría que está más amañado”.

Bahamontes puede resultar radical en sus planteamientos o parecer un romántico que anhela el ciclismo de entonces. Ni pinganillos, ni asistencia en carrera: “Se ha perdido el espectáculo del ciclista intentando arreglar él solo una avería. Ahora tienen sed, levantan la mano y tienen agua. Nosotros cogíamos el agua de donde bebían las mulas. Yo todo esto se lo he dicho a Contador”, continua el toledano. “Y cuidado con que haya quien dé positivo en los controles antidoping. ‘Volveréis a correr con zapatillas’ le digo”, refiriéndose a un regreso a los tiempos pasados, a los años más pobres del ciclismo.

No le gusta hablar sobre Lance Armstrong ni otros casos de dopaje: “Porque nos meten a todos en el mismo saco, y por ahí no paso. Mientras otros de mi generación ciclista llevan 30 y 40 años enterrados, aquí me ves, con 88 años. Y creo que no estoy mal, ¿no? En mi época no existía el dopaje. Cuando me iba a retirar fue cuando empezó a existir. Entonces cogí la bicicleta y la tiré bien lejos”.

Confiesa que para él la cafeína de un par de cafés o de un carajillo (café con brandy español) eran suficientes para darle fuerzas, como el día de la cronoescalada de Puy de Dôme, su puerto francés favorito. El 11 de julio de 1959 España entera esperaba la contrarreloj de 12,5 kilómetros tras la que presumiblemente se enfundaría el jersey amarillo de líder de la carrera. El sueño amarillo vino impulsado por Fausto Coppi. “Fuel él quien me convenció de que tenía cualidades para ganar el Tour si no me centraba sólo en la clasificación de la montaña. Fue durante una cacería de liebres con galgos a la que le invité junto a Poblet, Geminiani y Van Looy. Me fichó para su equipo Tricofilina Coppi y cambié de mentalidad. Llegué al Tour del 59 en forma. Iba fuerte en el llano y en la montaña subía hasta sin manos. Esa conversación con Coppi fue clave en mi carrera”.

Se proclamó ganador del Tour de Francia el 18 de julio de 1959, veinte años después del Alzamiento Nacional que llevó al aplastamiento de la república democrática por el general Francisco Franco. España entera esperaba su regreso. Desde Madrid se le rindieron honores en su recorrido hacia Toledo, unos 90 kilómetros, que tardó en completar cinco horas y a cuya estela seguía una caravana de tres kilómetros de automóviles.

Tras su victoria en el Tour de Francia, logró dos podios más en 1963 y 1964, además de conseguir el maillot de la montaña durante tres ediciones. “Todas las carreras en las que he competido y completado he ganado la clasificación de la montaña. Y eso nadie lo ha conseguido. Tengo el récord de haber coronado en solitario el Tourmalet cuatro veces y otras tantas el Aubisque”.

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Con ‘Fede’ el pasado mes de noviembre en su oficina en Toledo

Desde que Federico Bahamontes se retiró en 1965 no ha vuelto a coger la bicicleta: “Me lo ordenó mi padrino. ‘Es hora de retirarse, Fede’. ‘¿Ahora que cobro el doble?’, le pregunté. ‘Precisamente, ahora que estás en todo lo alto es momento de dejarlo y montar una tienda de motocicletas y bicicletas’. Y así lo hice”.

Federico Bahamontes, “Fede”, es uno de los personajes más queridos y respetados de la historia del deporte de España. Personaje espontáneo y apasionado, se convirtió en el símbolo deportivo de toda una época. “Junto con el torero Manuel Benítez ‘El Cordobés’ y el Real Madrid. Pero ojo que yo soy del Fútbol Club Barcelona”, concluye con desparpajo.

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Ese laberinto llamado Tour de Francia

Segundo día de descanso en el Tour de Francia y se siente como si fuesen seis las semanas que cargamos en las espaldas. Siendo prácticamente el mismo trabajo, los mismos traslados y el mismo trajín que en las otras grandes vueltas, el Tour de Francia es tres veces más agotador que ninguna de ellas aunque tremendamente gratificante. El punto común para corredores y periodistas es el estrés -“la superviviencia”, como dice mi compañero Christian Chambres- derivado de la responsabilidad. El Tour es el tercer evento deportivo más grande del mundo tras los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol y ello nos exige a todos ser excelentes en nuestro trabajo, para estar al nivel de la carrera y de los millones de espectadores que nos ven cada día. Las audiencias internacionales de estos días en Eurosport hablan de cifras récord.

IMG_20150712_220837El Tour te atrapa. Aquellas vallas interminables que cada día vamos encontrando en el camino con un gerndarme que cruza los brazos y dice “fermé” (y es un “no” rotundo, aquí no se negocia), dan la sensación de acorralarte durante las tres semanas que dura la carrera, física y  mentalmente. Es difícil pensar en otra cosa que no sea el Tour. Igualmente complicado es intentar sacar la vista fuera de aquel laberinto y ver el escenario real sobre el que estás. Hace unos días me encontré en la zona mixta haciendo las entrevistas después de la etapa sobre un paso de peatones y bajo un semáforo. Otro día en la zona técnica había una parada de autobús. Kioscos, buzones de correo…Todo ello queda atrapado bajo la inmensidad del escenario del Tour y entre camiones, pasillos de vallas y fondos amarillos, desaparece. Miro con envidia a los vecinos asomados a sus ventanas observando todo el escenario en su conjunto. La misma sensación, pero a la inversa, tengo cada vez que cruzo la Plaza de Cibeles en Madrid. “Es curioso que en este trozo de asfalto han levantado los brazos Peter Sagan, Michael Matthews, John Degenkolb, Tyler Farrar…”. Y qué distinto parecía entonces.

Esas mismas vallas del Tour nos hacen entrar en bucle escuchando el mismo mensaje repetido cien veces. Lo gratificante de trabajar en un medio estrictamente deportivo es que se habla de la competición atajando los “dimes y diretes”. Así cuando te acercas a algún autobús para “hablar de la etapa de hoy”, recibes alguna cara de sorpresa. Parece que estos últimos días se ha hablado poco de ciclismo en el Tour.  En nada llegan los Alpes reclamando su protagonismo.

El Tour de Francia es un laberinto exigente pero delicioso. De nuestra habilidad (la de todos) e interés dependerá que el camino hasta París se convierta en una oportunidad y una nueva lección de vida. Eso sí, en mi caso recordaré más las experiencias, que los escenarios. ¡Que alguien me acerque una escalera para asomarme!

cav

¡Seguimos!

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